La Esperanza Siempre Queda

Por: Irene Contreras

He tratado de escribir estas líneas muchas veces, desde el dolor, la rabia, la indignación e incluso la culpa de estar aquí y no estar en Venezuela apoyando activamente. 

Foto: Caracol Radio

Mi esposo y yo emigramos a Filadelfia en el 2014 y dejamos nuestra vida de 33 años en Caracas. Nuestros padres y seres queridos viven en Venezuela y han hecho de la calamidad que azota nuestro país algo normal: fallas de los servicios públicos, inseguridad, crisis hospitalaria y una profunda ruptura del sistema democrático, son algunas de las cosas que los venezolanos han soportado durante los años en que el chavismo ha estado en el poder. 

Foto: Irene Contreras

El venezolano es resiliente y se ha adaptado a esta crisis durante décadas. El chavismo ha antepuesto su propio beneficio a las necesidades del pueblo y nuestra infraestructura lleva alrededor de 30 años de abandono, sin mantenimiento preventivo, sin cultura sísmica ni capacidad de respuesta ante hechos de gran magnitud. El doble terremoto del 24 de junio puso en evidencia las grietas institucionales y la vulnerabilidad de mi pueblo. 

Quiero comenzar agradeciendo a Dios y a la Virgen del Valle porque nuestras familias están vivas, sanas y seguras; porque nuestras viviendas sufrieron daños mínimos, y porque los edificios donde viven nuestros padres, construidos después del terremoto de 1967, están en pie. Esta no es la realidad de todos los venezolanos. Todos tenemos un conocido, un amigo, que tiene un familiar desaparecido o muerto, o que ha perdido total o parcialmente su vivienda. Familias enteras sepultadas entre las ruinas de lo que alguna vez fue su hogar; otras, familias en las que algunos pudieron sobrevivir, pero sus familiares no, y murieron esperando a ser rescatados. 

Mi mamá me llamó después del sismo buscando información sobre lo que había pasado porque los canales oficiales no compartían ningún tipo de información, como bien lo hacen los gobiernos comunistas: ocultar la realidad que no puede ignorarse. La comunidad organizada empezó el propio 24 de junio la dura tarea de rescate, no solo de personas o mascotas vivas, sino también de cadáveres. La tragedia es de magnitudes impensables: miles de muertos, más de 60 mil desaparecidos, millones de dólares en daños materiales e incalculables daños emocionales para mi gente.

Ver las imágenes de los propios vecinos, rescatando a mano limpia y sin equipos especializados a personas bajo los escombros junto con bomberos, demuestra la solidaridad de un pueblo golpeado que no se rinde. ¿Dónde está la respuesta oficial?  Obstaculizando el paso de la ayuda internacional, creando un registro absurdo de voluntarios y extorsionando al pueblo organizado. Amenazando a los grupos de rescate internacionales, acusándolos, en algunos casos, de ser espías e interrumpiendo sus labores por motivos protocolares. ¿Cómo pueden ser tan indolentes ante este dolor? ¿Cómo proteger la cuota de poder es más importante que velar por el pueblo que juraron defender? Como venezolana, la indignación me consume, porque el rescate de sobrevivientes, víctimas mortales, labores de limpieza y recolección de escombros son solo la primera parte de una desgracia que puede durar años en  solucionarse medianamente. 

Foto: Revista Semana

Eso sin contar la crisis sanitaria que se avecina.  El dolor se maximiza cuando se sabe que muchas familias no pueden enterrar dignamente a sus seres queridos porque la morgue está en crisis, porque no hay un debido censo de fallecidos y porque, lamentablemente, además de las trabas mencionadas anteriormente, se suma la audacia de algunos funcionarios de solicitar dinero a cambio de los cuerpos. Mientras tanto, La Guaira es un camposanto al aire libre donde miles de cadáveres esperan a ser identificados y se descomponen día a día. Un escenario dantesco que muchas familias han adoptado como su cotidianidad. 

El alma duele y llora al ver el estado de nuestros hospitales, donde nuestros médicos han dado todo lo que tienen para curar a los heridos, mientras trabajan en condiciones infrahumanas y en estructuras duramente golpeadas por el doble sismo. Las imágenes parecen sacadas de un documental de guerra, y no, no es una zona de guerra; es lo que una vez fue una comunidad vibrante, hermosa, como lo es La Guaira. 

El dolor de madre se agrava al saber que muchos niños están huérfanos y vulnerables y que, a pesar de la labor extraordinaria de los voluntarios y de la comunidad, pueden ser víctimas de depredadores. El llamado es a protegerlos y brindarles contención y seguridad en la medida de lo posible. Las leyes venezolanas en materia de protección de menores son claras y apuntan a la reunificación familiar. 

Muchas preguntas sobre por qué La Guaira y otras zonas del país fueron tan afectadas. Las consecuencias del terremoto son el resultado directo de las decisiones políticas de un gobierno que puso el populismo por encima de la seguridad del pueblo, lo que permitió construir de forma indiscriminada en lugares no aptos para ello. 

De nuevo me viene a la mente: Irene, no politices el terremoto, pero ¿cómo no hacerlo si ellos son los responsables de responder al desastre?  Me seco las lágrimas, trago grueso y me enfoco en lo que me hace sentir orgullosa de mi Venezuela. 

La esperanza siempre se queda; la vemos en los vecinos que ayudan a sus otros vecinos a reconstruir, recoger, con una sonrisa y un café,  en los voluntarios que aún sufriendo su propia pérdida están apoyando en labores de rescate junto con nuestros bomberos y los equipos de protección civil, en los grupos de rescates internacionales que dejaron todo para venir a socorrernos, en los venezolanos organizados alrededor del mundo, moviendo cielo y tierra para ayudar a nuestra gente que sufre en Venezuela, a través de donaciones, cajas y dinero para ser distribuidos estratégicamente, porque ahora esto apenas comienza y el aporte de todos es necesario.  

La esperanza es tricolor y Venezuela saldrá de esta, una vez más.

Foto: Irene Contreras
Autor(a)

Is a journalist with expertise in advertising and marketing, social media strategy, and corporate social responsibility. A member of the Venezuelan diaspora in Philadelphia, she contributes to 2Puntos whenever time and circumstances allow, bringing a thoughtful and community‑rooted perspective to our work.